Demasiados doctorados nos llevan a la sobreproducción de élites
También: El desaparecido cuidado por las cosas bien hechas; Cómo determinar el precio de una vida humana; El gran logro científico de nuestro tiempo es la modificación y el control del deseo
Vamos con lo más leído de la edición anterior: seis horas de rescate a una pareja de ancianos en una laguna de Leganés que solo existía en su memoria de la adolescencia; sobre si grabar una conversación sin avisar vulnera el secreto de las comunicaciones; los supuestos rasgos de la gente cool.
El desaparecido cuidado por las cosas bien hechas
“La suplantación de lo durable por lo novedoso en las preferencias del consumidor ha abierto una brecha generacional en la percepción de la calidad”. Tengo sentimientos encontrados con los argumentos que despliegan los entrevistados en esta pieza de Daniel Soufi en El País (en inglés disponible para no suscriptores) sobre “El asombroso fenómeno de la calidad menguante”.
Creo que es muy difícil generalizar: que hace años lo primero que destacaban los anuncios de coches era su longevidad, pero que ahora ni lo consideramos, quizás tenga que ver con que ahora se da por supuesto que duran muchos años y antes no. Es cierto que la calidad de los muebles y la ropa ha disminuido y que se han convertido en productos destinados a ser cambiados en mucho menos tiempo. Muy de acuerdo, eso sí, con Marta D. Riezu cuando dice “No existe apego, respeto ni trayectoria emocional con una prenda con la que pasas menos de 20 años”.
En los últimos tiempos he aumentado mi preferencia por los sitios y servicios pequeños, que no pertenecen a cadenas y en los que percibo un cuidado y atención especiales por parte de sus dueños. Andaba en esta reflexión justo cuando me crucé con este vídeo del WSJ sobre cómo se diseñan los nuevos hoteles para minimizar los metros de habitación sin que empeore la satisfacción del cliente:
Cómo determinar el precio de una vida humana
Linch en su lista de correo (en inglés) sobre cómo inferir el precio que se otorga a una vida humana. Así, el gobierno de EE. UU. valora una vida humana en 11,4 millones de dólares. Esa es la cantidad que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) está dispuesta a gastar en regulaciones que salven una sola vida, y por tanto, ese es el “precio” estimado de una vida. De hecho, está aumentando, en 1980 valía unos 3 millones (ajustados por inflación), y en 1940, probablemente alrededor de 400.000 dólares.
Los reguladores estadounidenses calculan el llamado “valor de una vida estadística” observando cuánto están dispuestos a gastar los consumidores para evitar riesgos. Por ejemplo, si alguien gasta 100 dólares en una medida de seguridad que reduce su probabilidad de morir en 1 entre 100.000, eso implica que valora su vida en 10 millones de dólares (100 × 100.000). Esa cifra ha aumentado con el tiempo, incluso ajustada a la subida de los ingresos. Es el cambio cultural, en nuestra idea de cuánto vale una vida, que sigue a un cambio material y demográfico. Tenemos menos hijos a la vez que la vida ahora es mucho más segura.
Demasiados graduados y doctorados nos llevan a la sobreproducción de élites
El número de personas con doctorado en el mundo supera con creces la cantidad de puestos académicos disponibles. Según Nature (en inglés), el número de doctores en los países de la OCDE casi se duplicó entre 1998 y 2017, y sigue creciendo, mientras que China e India también han experimentado un aumento acelerado. Los puestos académicos no han seguido el mismo ritmo: dos tercios de los doctores en el Reino Unido trabajan ahora fuera del ámbito académico, y muchos no lo hacen en su campo de especialización. Para añadir a las dudas sobre el valor de los doctorados: quienes los obtienen no ganan sistemáticamente más que los titulados de máster, que normalmente solo dedican un año a la formación de posgrado, en lugar de tres o más.
En el mundo occidental, la promesa de que un título universitario garantiza una vida próspera se está desvaneciendo. Los jóvenes graduados enfrentan tasas de desempleo superiores al promedio nacional por primera vez en la historia en lugares como Estados Unidos, una tendencia que se extiende por Europa y otras economías avanzadas. La "prima salarial universitaria", es decir, el ingreso adicional que los graduados ganan en comparación con los no graduados, ha disminuido drásticamente. Este fenómeno no solo afecta las finanzas, sino también la satisfacción laboral y genera preocupación sobre la "sobreproducción de élites", una situación histórica en la que un exceso de personas educadas compitiendo por pocos puestos de prestigio puede conducir a la inestabilidad social.
The Economist (en inglés) explica que las causas de este declive no se atribuyen principalmente a una peor calidad de la educación, sino a un cambio fundamental en la demanda del mercado laboral. La tecnología se ha vuelto tan accesible que los no graduados ahora poseen habilidades técnicas que antes eran dominio exclusivo de los universitarios, abriéndoles las puertas a empleos que antes no podían ocupar. Al mismo tiempo, sectores que tradicionalmente contrataban a muchos titulados, como las finanzas y el derecho, se han estancado o reducido. Aunque la inteligencia artificial es una amenaza, estas tendencias son anteriores a su auge reciente. A pesar de ello, la matrícula universitaria sigue creciendo en muchos países, a menudo en carreras con perspectivas laborales inciertas, lo que agrava el desajuste entre la formación y las oportunidades reales.
Relacionado, de mi texto en Error500:
Recortes de plantilla a medida que la inteligencia artificial se vuelva más potente. Se lo leemos a los directivos de Ford y Jp Morgan, de BT, de Amazon, de las empresas que abrazaron el “AI FIRST”.
Cuando quienes hacen la predicción son los directivos de las empresas que compran la tecnología y no sólo los que la venden, quizás deberíamos creerles cuando dicen que lo van a intentar. El mantra de sus intervenciones es el mismo: se necesitará menos gente para hacer el trabajo actual.
Todo esto ha logrado que me interese por el concepto de sobreproducción de élites y sus consecuencias. Blas Moreno en EOM entrevistó a quien lo acuñó, Peter Turchin; tanto Esther Miguel en Magnet como Esteban Hernández en El Confidencial hicieron un buen resumen de la idea,
“La sobreproducción, señala Turchin, tiene un papel clave en las tensiones sociales, como ha demostrado la historia. Lleva a una mayor competencia intra-élites que debilita gradualmente el espíritu de cooperación, y a un aumento de la polarización ideológica y de la fragmentación de la clase política. Dado que un mayor número de personas pelean por una serie de puestos restringidos, los choques están asegurados, en especial a la hora de reproducirse. Cuando los hijos de la élite (o los perdedores en estas peleas) aspiran a continuar en esos lugares y son expulsados, se produce un gran descontento entre ellos, que se canaliza políticamente. Aspirantes con recursos, gran formación y notables habilidades se encuentran con que se les niega el acceso a los puestos de élite, aquellos a los que pertenecieron.”
Del Archivo:
El gran logro científico de nuestro tiempo es la modificación y el control del deseo
Yasmin Tayag en The Atlantic (en inglés) recopila todo lo que se ha ido descubriendo sobre efectos no esperados de Ozempic. El primero, claro, es que el medicamento para la diabetes influyera en el control del apetito para convertirse en la punta de lanza de una nueva generación de soluciones contra la obesidad. Así tenemos que reduce el riesgo de eventos cardíacos importantes como derrames cerebrales e infartos, ayuda con la apnea del sueño, enfermedades renales y hepáticas y podría ayudar con el Alzheimer al reducir la inflamación y mejorar el control del azúcar en sangre.
Pero lo más interesante es que estudios recientes revelan que personas que usan semaglutida, el principio activo en el que se basa Ozempic, presentan una menor tendencia a desarrollar trastornos por uso de alcohol y otras drogas adictivas. Este fármaco regula el sistema de recompensa del cerebro, que suele fallar en casos de adicción, lo que explica estos efectos positivos. El hackeo del cerebro puede permanecer tras dejar de tomarlo, explica Bronwyn Thompson en New Atlas (en inglés).
Por aquí hemos hablado mucho de Ozempic, Monjuaro, Wegovy y esta generación de medicamentos para adelgazar. Sobre cómo están cambiando el mundo (desde menos demanda de comida procesada que analizamos aquí hasta el carburante que esperan ahorrar las aerolíneas porque habrá menos viajeros con sobrepeso) hasta los debates que empezamos a tener: sobre si el metabolismo y el apetito son hechos biológicos o elecciones morales o acerca de si estamos medicalizándolo todo con un negocio montado a partir de la gordofobia.
Pero lo más interesante, en mi opinión, es que estamos a las puertas de la modificación del deseo, de esa psicología fundamental esculpida por millones de años de evolución. Desde la antigüedad, la humanidad ha tratado de controlar y modificar sus deseos mediante la meditación y la oración, por la vía mística. El siglo XX nos trajo medicamentos antidepresivos y antiansiedad. Ahora sumamos a la generación Ozempic otras vías todavía tentativas como la neuromodulación o los implantes cerebrales. Nuestro yo consciente, frío y calculador, imponiéndose a nuestros deseos no sólo por la fuerza de voluntad sino por la capacidad adquirida de determinarlos, programarlos y apagarlos.
La mente siempre ha sido un juguete del cuerpo, dijo el filósofo. Ahora empiezan a intercambiar los papeles.
Cajón de sastre
En Estados Unidos hay casi 60 millones de hogares con perro, frente a los 34,5 millones en 1991. Y, nos cuenta Brad Hardgreaves en su lista (en inglés), las ciudades construyen cada vez más parques caninos, los apartamentos incluyen parches de césped artificial para que los perros hagan sus necesidades, y los spas para perros están en auge. El autor sentencia en contra de que las ciudades se diseñen cada vez más pensando en los perros y no en los niños, que tienden a ser cada vez menos.. pero creo que el descenso de natalidad dista de estar causado por el urbanismo pro perros o que haya cada vez más servicios para ellos y sus dueños.
Muy interesante en The Economist: las hormonas sexuales podrían ayudar a tratar algunas formas de depresión. Los científicos ya saben que los niveles de estrógeno y testosterona pueden influir en el estado de ánimo y el comportamiento, y que tanto hombres como mujeres tienden a experimentar una disminución de estas hormonas con la edad. Durante la perimenopausia, el riesgo de depresión grave en las mujeres aumenta un 30%, según un estudio en Reino Unido, y hay indicios de que la terapia hormonal sustitutiva puede aliviar los síntomas psiquiátricos.
Pero, por supuesto, hay preocupación sobre los posibles efectos secundarios de esta terapia. Entre los divulgadores que sigo, creo que el doctor Hernández hace un buen trabajo explicándola:
Manual del canceladito: 3 sencillos pasos para hacer frente a denuncias públicas. Por Anónimo García en Letras Libres.
En las últimas dos décadas, la cantidad de tiempo que los estadounidenses dedican a asistir o organizar fiestas ha disminuido drásticamente, especialmente entre los jóvenes de 15 a 24 años, que hoy pasan un 70% menos de tiempo en este tipo de actividades que en 2003. Derek Thompson en su lista (en inglés), tratado por aquí en “Por qué, de pronto, estamos dejando de vernos cara a cara”.






Voy para los 2 años usando primero liraglutida, luego semaglutida, y ahora tirzepatida, y en base a la pura observación empírica te doy mi opinión. Los deseos encuentran su camino. Creo que tiene mucho que ver con la dopamina y los procesos psicológicos de estimulo-recompensa que conducen a su generación. Yo antes era generador de dopamina nocturna a porrillo a base de picoteo y vinazos. Wegoby te corta ese deseo de raíz por muchos caminos (plenitud gástrica, sensación de saciedad, malas digestiones si te saltas todo lo demás). Como tu dices, te corta el deseo, pero mi impresión es que se centra basicamente en lo palatal. Ahora hago deporte a lo loco y estudio e investigo más, pero tambien me encuentro a deshoras frikeando por la web o generando imagenes con IA. Estoy ojo avizor con éste tema porque detecto que mi cerebro está buscando nuevas cosas que le den esa dopamina que requiere, e intento orientarlo hacia cosas productivas y que no me desordenen.
La sobreproducción de élites muestra que educación y éxito no siempre van de la mano. Tal vez el mayor desafío sea crear sistemas que valoren habilidades útiles y compromiso real...